La encrucijada de la edición universitaria

Camilo Ayala es autor del libro La cultura editorial universitaria La Universidad Nacional Autónoma de México es la decana de las editoriales universitarias en México, pues comenzó a editar desde su fundación en 1910. Sus ediciones han servido de modelo para el libro académico mexicano que, por lo ge- neral, tiene su origen en las investigaciones realizadas en sus cubículos y laboratorios. Esa vocación de creación y difusión del libro ha mostrado la Universidad cuando en la década de 1920 abrió campañas para alfabetizar al país y cubrir el territorio mexicano de bibliotecas; cuando desde hace más de 90 años. Inició los cursos de profesionalización para editores; cuando en 1938 introdujo a México los primeros tipos de imprenta mate- máticos, astronómicos, químicos y griegos; y cuando ha venido organizando la feria del libro de mayor tradición en el país. El sello editorial universitario es de abolengo porque tiene historia, pero también es de pervivencia porque se ha preocupado por dar continuidad a los proyectos, por mirar hacia el futuro. La cultura editorial universitaria es un examen de esa historia y del sistema que la mantiene vigente.

Si el libro es un instrumento de cultura, el libro universitario lleva a su culmen esa mística. Como decía Boris Spivacow, el célebre fundador de la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba): “No podemos dejar la cultura en las manos equivocadas”. Aunque Spivacow pronunció esas palabras cuando dirigía el Centro Editor de América Latina y estaba acosado por la dictadura, ellas definen la misión del editor universitario. Para Juan Carlos Díez, en Libros malditos, malditos libros, “hay libros que han cambiado las vidas de quienes los han leído”. En ese mismo tono, el lema de la colección universitaria Pequeños Grandes Ensayos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), fundada por Hernán Lara Zavala, dice: “Lee este libro: puede cambiar tu vida”.

Roberto Calasso expresa en La marca del editor: “Todo verdadero editor compone, sin saberlo o a conciencia, un único libro formado por todos los libros que publica”. Si consideramos a la editorial universitaria como productora de un solo libro, podemos llegar a sentir que ese libro transforma a sus lectores, a su comunidad. Asimismo, el libro de una universidad, conformado por todos sus libros, se ramifica en múltiples lecturas, sentidos y corolarios. Para Giulio Einaudi “hay libros que son intuiciones, descubrimientos, pasajes secretos del pensamiento, y que sirven para otros libros: engendran durante una década libros e influyen sobre ellos”. Las universidades han publicado y publican esa clase de libros de los que se siguen leyendo aunque se hayan olvidado; son libros que producen otros libros, libros que hacen historia, libros que dejan estela. Podemos llamar a cuento el final de la novela El libro de las huidas de Jean-Marie Gustave Le Clézio: “Las verdaderas vidas no tienen fin, los verdaderos libros no tienen fin”.

Existe un título de Federico Leonardo que es una intriga, una promesa y un reto. Se trata de Coahuila, una novela sin novelistas. En la muy rica historia y en la gran actividad cultural de esa región mexicana han intervenido muchas personas; sin embargo, puede hablarse de una autoría social. Recordamos ese título de Federico Leonardo cuando hace ya un tiempo André Schiffrin advirtió que los proyectos culturales de una empresa editorial están siendo desplazados por la eficacia del mercado y que la literatura misma corre peligro de desaparecer. A ese proceso Schiffrin lo llamó la edición sin editores. También lo hacemos en un mundo de computación en  nube  que  tiene  bibliotecas  sin  bibliotecarios y librerías sin libreros. Ahora, el libro universitario no sólo es aquel que se lleva como texto en las aulas donde se imparte educación terciaria sino es el libro de contenido especializado que apoya la enseñanza o la práctica profesional. Esa es la línea editorial de Amorrortu, EDP Sciences, Gedisa, Internacional Thomson Editores, Mc Graw-Hill Interamericana, Prentice-Hall o Tecnos. También existen editoriales que tienen como parte de su acervo libros universitarios como Emecé y el Fondo de Cultura Económica. Son editoriales universitarias sin universidad.

Vemos una tendencia creciente del papel de los libros académicos y universitarios en la industria editorial. El libro universitario representa 10% del mercado del libro en Argentina, Brasil y España, 16% en México, 17% en Colombia y 20% en Chile. La edición universitaria constituye 9% de la oferta regional de libros en Latinoamérica. En el mundo anglosajón el libro académico cubre 30% del catálogo comercial. Tan sólo hay que considerar que durante 2015 la UNAM publicó 2.115 libros de los cuales 641 fueron electrónicos.

¿Corresponde el crecimiento de la producción a una expansión del mercado? No es así. El incremento de títulos es inversamente proporcional a la disminución de tirajes. También se ha señalado que cada vez se leen menos libros. Jonathan Franzen en su libro Tal vez soñar: razones para escribir novelas en la era de la imagen explica que “hace un siglo, un hombre culto leía unos cincuenta títulos de ficción al año; hoy en día, como mucho, quizás cinco”. Y observamos, además, la paradoja de que hay más estudiantes universitarios, pero no un aumento de lectores. En nuestras sociedades aumenta el número de universidades fraudulentas que se montan con una infraestructura mucho menos equipada que una veterinaria o un consultorio de farmacias de medicamentos libres de patentes. Son universidades sin universidad y sin lectores.

Los nuevos lectores leen básicamente viejos contenidos, acuden a autores clásicos, beben vino nuevo en viejos odres. Sin embargo, los autores del futuro están por llegar. Ya en el mejor ejemplo de la paremiología medieval Refranes que dicen las viejas tras el fuego del Marqués de Santillana de 1508 se lee que “a casa vieja, puertas nuevas”. Precisamente para el mundo editorial universitario se aprecian dos futuros transitando. Uno tiene que ver con inversiones, producción, control de inventarios, canales de distribución, puntos de venta, y con factores como precio, derecho intelectual y formatos de archivos electrónicos. Ese ambiente apuesta por emular al libro analógico y trasladar la mancha tipográfica a una pantalla. Hace tiempo Guy Claxton, hablando de los tradicionales maestros que controlan su aula les llamó profesores gasolineros, el niño llega y le dan su dotación de combustible de contenidos, llenan el tanque. Ese es el papel que muchos editores, libreros y bibliotecarios asumen cuando no piensan en digital o simplemente pasan sus contenidos a un sitio electrónico y esperan en la orilla de la que llamaban “supercarretera de la información” a que lleguen los lectores. Se quedarán sentados porque ni los libros ni los sitios web se venden solos. El Open Access no es, en sí, una solución a la visualización y a la circulación del quehacer universitario.

Las editoriales universitarias en general son generadoras de contenidos pero tienen en sus repositorios digitales a su principal competencia. Se pretende que las publicaciones académicas conviertan la referencia y citación de textos en carnadas de estímulos. Se publica para satisfacer estándares de organismos calificadores sin tomar en cuenta a los públicos lectores; pero si no logramos nuevas fórmulas en la edición y difusión de las publicaciones universitarias, cada vez tendrán que concentrar en la preservación y catalogación. Nuestros editores universitarios podrían pasar a ser bibliotecarios, anticuarios o archivistas y nuestros catálogos, que hoy tienen un fondo vivo, corren el peligro de hundirse en bases de datos indexadas. Las editoriales universitarias están en esa encrucijada. Jesús Anaya Rosique, en varios foros, ha señalado que están “obligadas a apoyar a la academia sin convertirse en una carga de costos para la universidad”.

El psicólogo español Juan Ignacio Pozo Municio nos ha dicho en diferentes foros que nuestras escuelas enseñan contenidos del siglo XIX, con profesores del siglo XX, para alumnos del siglo XXI. Quizá, en correspondencia, tenemos autores del siglo XIX, defendiendo un derecho de autor obsoleto, tratando de comunicarse con lectores del siglo XXI a través de recursos editoriales del siglo XX. Para usar una imagen de Marshall McLuhan conducimos al futuro usando el espejo retrovisor.

La edición universitaria del mañana debe considerar la creación colaborativa de textos, los entornos personales de aprendizaje, las redes de conocimiento, las audiencias interactivas, las comunidades anfibias, los epitextos públicos virtuales, el servicio de curaduría de datos, la hiperconectividad, la transmediación, la transdisciplinariedad, el paso de la página estática a la página líquida, la ubicuidad del catálogo y la impresión a la carta. Esto satisface tres paradigmas de la vida que viene: lo que Roman Gubern define como la “pantallización de la sociedad”, proceso que comenzó con el advenimiento del cine; el fenómeno del zapping televisivo trasladado a la lectura de libros, es decir la lectura impaciente y nerviosa de fragmentos; y el multitasking o el uso simultáneo de varias tecnologías. También resuelve la disputa entre un libro tradicional que, para usar la obra Presencias reales de George Steiner, encarna “el duro deseo de durar” y el libro electrónico que es inmanencia, que es un objeto fugaz, que es digital (palabra que viene del latín digitus o dedo, que se refiere a contar con los dedos) pero no se puede tocar.

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