Entrevista a Salomón Kalmanovitz

Por Daniel Blanco, egresado de Antropología y magíster en Historia de la Universidad de los Andes.

Jefe de Publicaciones de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano.

“Entendí rápidamente que lo que no tuviera rigor académico y no estuviera bien escrito, no aguantaba el paso del tiempo”

Filósofo y economista, Salomón Kalmanovitz ha sido un intelectual público, pues ha combinado trabajos académicos, teóricos y empíricos, con el oficio de columnista de prensa y de revistas. Cuenta con un extenso acervo bibliográfico de su autoría que refleja esa versatilidad. Actualmente, está adscrito a la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano como profesor emérito; ha sido parte de instituciones como la Universidad Nacional, la Universidad de los Andes, el Banco de la República, entre otras.

Daniel Blanco: ¿qué lo motivaba a ser un autor? ¿Quién se lo sugirió? ¿Cuáles eran las condiciones de las universidades, de la academia o de las sociedades profesionales o estatales que lo motivaron a escribir?

Salomón Kalmanovitz: bueno, pues, había un gran vacío en la producción en ciencias sociales en el país y se dio una confluencia de un movimiento estudiantil y campesino que nos emocionó mucho

y nos lanzó a estudiar los problemas que tenían que ver con el desarrollo del campo colombiano y de la revolución democrática; y, bueno, tantas ilusiones que nos hicimos en esos momentos sobre

la modernización, el desarrollo incluyente, que nos indujeron al estudio de la estructura agraria; yo, en especial, mantuve el interés por tratar de ver los orígenes del problema agrario actual. Entonces, yéndome hacia atrás, empecé a encontrar eso en los años 30, cuando hubo un gran movimiento campesino. Luego seguí yendo para atrás, fui escribiendo sobre distintos periodos, sobre la colonia, por ejemplo. Eso también se debió a una simbiosis con otros autores, como Jorge Orlando Melo, precisamente, él me ofreció una guía para hacer el trabajo de historia colonial; también con Jaime Jaramillo Uribe quien me convocó para hacer la Nueva historia de Colombia que se hizo en tres volúmenes; yo participé en lo relacionado con el siglo XIX.

DB: ¿en qué momento cree que empezaron las editoriales universitarias o las universidades a captar esa producción?

SK: bueno, la Nacional fue pionera. Mario Arrubla fue uno de los primeros editores; Mario también es una muestra de que la investigación se hacía por fuera de la academia, pues él y Estanislao Zuleta investigaron sobre economía, historia, filosofía y literatura. La Nacional estaba tan huérfana de intelectuales que llamó a Mario Arrubla a que fuera editor de la revista UN y, eventualmente, se dio paso a desarrollar más la editorial de la universidad; él fue un antecedente importante con el que empezó una proliferación de investigaciones y un público muy ansioso de absorberlas, de devorarlas, de ponerlas en práctica.

DB: en ese momento, ¿cuáles eran las validaciones académicas o científicas para publicar un libro?

SK: no, eso estaba muy atrasado, no había parámetros, y también se publicó mucha basura, muy ideológica, pero eso se fue decantando poco a poco, fueron quedando los que tenían mejor nivel. En la Nacional, Antonio Bejarano, Homero Cuevas y yo fuimos contribuyendo a la enseñanza. Cuevas escribió textos de economía, Chucho Bejarano y yo hicimos trabajos sobre historia económica y sobre el problema agrario. Jaime Jaramillo Uribe fue el que, en la Facultad de Filosofía, en donde no había historia, formó a la gente en lo que era una subdisciplina. Gente como Germán Colmenares, Jorge Orlando Melo, Margarita Gonzáles, Hermes Tovar, entre otros. Fíjate, ni siquiera había un departamento de historia. Ya después fuimos desarrollando unas estructuras académicas más especializadas. Nosotros nos separamos de ciencias humanas. Economía, Administración y Contaduría hicimos una facultad aparte, porque nos sentíamos ahogados por esa gran facultad; no nos entendían, ni los entendíamos a ellos. La mayor especialización repercutió en “un subir de nivel académico” y empezaron a establecerse unas pautas más exigentes. Bueno, entre otras cosas, mi gran ventaja es haber estudiado en Estados Unidos, entonces yo llegué con un bagaje y la habilidad de escribir que no tenía buena parte de la gente, los que la tenían eran autodidactas y tenían poca educación formal, como Zuleta o Mario Arrubla, pero eso te muestra el atraso del sistema en los años ser tan importante después. Estaban todos por fuera de la universidad, y después la universidad los llama porque “aquí no tenemos cerebros, no tenemos escritores, no tenemos publicaciones”, entonces, ese fue uno de los inicios.

Después, empezó a llegar gente que hizo posgrados por fuera. Lacuhlin Currie tenía un grupo de estudiantes en la Nacional y les consiguió beca en el exterior a todos, y ellos volvieron y subieron el nivel, así que los niveles de exigencias más altos surgieron del sistema anglosajón. Alberto Corchuelo fue un gran economista que trabajó en la Universidad del Valle y estudió en la Universidad de Chile; Gabriel Misas estudió en Bélgica; Bejarano en Carolina del Norte; Cuecas en Mcgill, Canadá; César González en Cambridge, Inglaterra; Luis Bernardo Flórez y Fernando Tenjo en el Institute of Social Studies de La Haya. Por eso Currie fue muy importante en el mejoramiento del nivel de los profesores y de los estudiantes, pues tuvieron que leer y escribir más.

DB: si estuvo en ese tipo de comités editoriales universitarios y sus oportunidades de producción bibliográfica estaban en lo comercial, ¿cómo ha sido ese papel del editor académico cuando una directriz es publicar a los mismos autores de la universidad?

SK: es que a veces las editoriales de algunas universidades terminan publicando a los amigos cercanos de sus autoridades internas, imprimiendo libros que no se venden. Si publican trabajos de mala calidad, el mercado los castiga; por eso es importante que las editoriales académicas se asocien con editoriales comerciales para evitar ese problema de publicar cosas que no se pueden vender, aunque a veces una obra muy importante resulta que no tiene mercado y hay que publicarla para la comunidad que la aprecia en especial. El mercado puede no reconocer una obra muy buena, pero, por lo general, sí reconoce una obra mala.

DB: en esos esfuerzos de la edición académica, tal vez reconoce algunos que hayan sido importantes para la edición porque, justamente, una editorial comercial no vio un futuro masivo en esa obra.

SK: pues, me acuerdo de un texto que rechazó Moisés Melo en la editorial La Oveja Negra, no le pareció tan bueno, y era Introducción a la historia económica de Álvaro Tirado Mejía. Ese libro lo acogió Arrubla y lo editó en la editorial de la Universidad Nacional, tiene a la fecha unas 20 ediciones, siendo uno de los libros más exitosos en toda la historia de las editoriales académicas que hay. Tirado tomó las conferencias de historia económica que dictaba Zuleta las redactó bien y eran fáciles de leer. Eso le dio el gran impulso que tuvo, alcanzando a ser uno de los libros más vendido de ciencias sociales en toda la historia editorial de Colombia.

DB: hemos estado hablando de una época de limitaciones de las publicaciones académicas y de las editoriales universitarias, lo que se ha venido transformando por las implicaciones de las políticas de Colciencias, también por los intereses y el crecimiento de las universidades, ¿cómo ha vivido ese tránsito en calidad de autor académico?

SK: el editor puede hacer una exigencia sobre el tamaño del manuscrito, que las estadísticas vayan en un apéndice y que el texto esté bien escrito, pero no lo hace; me parece que algo similar sucede en las editoriales universitarias, creo que, por ejemplo, la Universidad de los Andes publica fundamentalmente a gente de la Universidad de los Andes, la Nacional, también, el Rosario, también; entonces, eso no está del todo bien. O sea, las editoriales universitarias anglosajonas publican de todas partes, no tienen que ser de la misma universidad, al contrario, si es de la universidad le dicen “vaya consígase a otro editor que no sea de esta universidad”. Todavía tenemos un “endogenismo” instalado en algunas de las editoriales universitarias, no se han puesto a buscar lo universal, a buscar los nuevos textos, a publicar traducciones de obras fundamentales.

Una excepción notable es un trabajo que sacó la Universidad Nacional por la vía del Instituto de Estudios Urbanos que hizo la traducción de un libro de Jorge Centeno que se llama Guerra y deuda. Es una historia de la debilidad del Estado en América Latina que tradujo el profesor Carlos Alberto Patiño, se trata de un trabajo fundamental en ciencias sociales. Es de los pocos esfuerzos de esa índole que he visto en una editorial universitaria. Sin embargo, es una iniciativa académica muy importante que debiera replicarse y es un texto que no estaba traducido al español. Había sido publicado hace 14 años y este profesor hizo posible su difusión, lo cual es, sin duda, un gran aporte.

DB: bien, usted tiene algunas publicaciones, justamente, en la Tadeo. En ese contexto, ¿cuándo decide que vale la pena publicar un libro dentro de la editorial universitaria y cuándo en la comercial? ¿Qué criterios tiene?

SK: hubo algunas monografías que no tenían gran difusión y que para el registro y para unos especialistas podían ser publicadas internamente; entonces, cuando estaba de decano allí, saqué una serie de pequeños libros que eran de este tipo, monografías cortas. Después, esos textos hicieron parte del libro Nueva historia económica de Colombia, una monografía de la Nueva Granada, un pequeño libro de 80 a 100 páginas. Tuvo su primera circulación para intercambios, para la discusión entre especialistas: se trata de la importante función de publicar monografías, porque sirven para adelantar debates y discusiones. Los centros de investigación tienen esa buena costumbre de publicar sistemáticamente borradores o adelantos de investigación. Eso lo hace Fedesarrollo, lo hace la Universidad de los Andes, yo traté de hacerlo de la manera más bonita, no era solo un borrador sino un libro con una buena presencia que no se perdía en un anaquel, pero eso no se siguió, es una variedad de las publicaciones académicas que no es para vender, sino para intercambiar ideas y son igualmente importantes.

DB: ¿cómo ha sido la participación suya escribiendo artículos académicos o científicos en el marco de esas legitimidades que plantea la universidad hoy con respecto a las que planteaba hace algunas décadas?

SK: ahora se está parametrizando todo, de tal modo que me siento en una tierra desconocida: yo no quepo en esta nueva época donde la métrica es fundamental para otorgar puntajes. La universidad con buenos puntajes puede acreditarse mejor por publicaciones, pero me parece equivocado privilegiar el ensayo y el artículo y no el libro; así, el libro gana menos puntos que una publicación en una revista indexada internacional, cuyos esfuerzos pueden no ser para nada comparables. En escribir un libro me demoro cinco o seis años, pero en un artículo me puedo demorar seis meses, y si me dan más por escribir el artículo que por el libro, pues yo me voy a ir por el artículo. Sin embargo, yo creo que el académico tiene el deber de desarrollar el conocimiento, antes que nada; si la forma más conveniente es un libro, un artículo o un borrador, que así lo haga.

Nosotros, mi generación, estuvimos interesados en dejar una marca en la política nacional, y hacer avanzar a la academia. Se defendía el principio de que la investigación era para encontrar las verdades, las trayectorias de la sociedad, ilustrar sobre temas o aspectos que no estuvieran investigados, o sea, dar con los huecos negros que había en el conocimiento de la sociedad y tratar de aclararlos. Pues ya con esta métrica el problema es hacerse a un grupo de investigación que puede estar en otro país al que no le interesa para nada el impacto político y académico de la investigación local o regional. En el mundo anglosajón todavía hay gente buenísima que publica en las mejores revistas, pero también se interesa en tener libros de gran difusión. Acemoglu y Robinson con Por qué fracasan las naciones no pierden a la hora de publicar en los journals más prestigiosos, pero con esta métrica se evita publicar un libro de gran difusión o uno que tenga un impacto sobre la academia de todo el mundo. Por lo menos, yo no puedo aspirar a la academia de todo el mundo, pero puedo aspirar a la academia colombiana y latinoamericana, y esta métrica está teniendo un efecto perverso. Si, digamos, todos los jóvenes investigadores quedan motivados por ella, que lo importante es conseguir puntos para irse promocionando, no se concentrarán en hacer aportes a las ciencias, a la academia y a la política. Ya es un nuevo y extraño mundo que no reconozco del todo y en el cual no quepo en la métrica de Colciencias. Se valen solamente los últimos cinco años de trabajos publicados, y yo tengo publicaciones de hace 50 años, bueno, no 50, pero sí 47. Entonces, lo que escribí hace 47 años no cuenta, ¿cómo así?, ¿yo nací de nuevo?, ¿me toca empezar de nuevo? No. Yo no voy a empezar de nuevo y, bueno... La obra selecta, que acaba de publicarse, trata de decir eso. Estoy recogiendo en esa obra trabajos como del 83 para acá, lo que más me pareció que se defendía en el tiempo, para derrotar esa premisa de que valen solamente los últimos cinco años, eso no es cierto, eso es tenaz. Me parece que los incentivos están mal puestos y espero que los muchachos se den cuenta de que todavía es importante hacer ambas cosas, publicar artículos en revistas muy buenas, arbitradas, etcétera; pero también es necesario tener un impacto sobre la sociedad, eso es elemental y eso no le interesa a Colciencias. Ellos están replicando otros institutos de promoción de la investigación, pero yo creo que ni siquiera lo hacen bien, no parecen entender bien qué es lo que pueden hacer y qué no pueden hacer.

Estoy seguro de que los investigadores tienen una motivación altruista que los guía a no dejarse gobernar por los incentivos que tiene el sistema universitario y Colciencias, porque también se lo está imponiendo a todo el sistema universitario. Es que es lo trágico de este asunto, si una universidad quiere acreditarse, sus investigadores tienen que publicar mucho en estas revistas indexadas, en pequeños artículos que se leen entre especialistas. Bueno, uno tiene que reconocer que la ciencia se desarrolla también con la especialización del trabajo, como en toda división del trabajo, y que esa especialización lleva a mejores resultados, pero faltan los investigadores que hagan las grandes síntesis. Eso es lo que hacen estos libros, como el que sacaron Acemoglu y Robinson. Son la gran síntesis del trabajo de ellos.

Uno puede ver también a los grandes escritores en economía, Joseph Stiglitz, Paul Krugman o José Antonio Ocampo, que han sido nobeles o están muy preocupados porque sus libros se vuelvan sucesos editoriales: que tengan una gran difusión, que tengan un gran impacto en la sociedad, eso me parece que es inmanente al rol que tiene el académico en la universidad y en la sociedad.

DB: en los nuevos autores que están saliendo en cada una de las áreas de conocimiento, particularmente, de la que usted hace parte, ¿ve que hay intentos por rescatar esa intención de verdad, existe ese espíritu a pesar de las métricas?

SK: sí, una persona que se dedique a la academia y a la investigación tiene motivos altruistas; me parece que eso se conserva, el sistema de incentivos trata de orientarlo hacia ciertos logros especializados, pero no se deja. Pienso en Adolfo Meisel que siempre operó por fuera de la academia, siempre trabajó en el Banco de la República, tiene una obra inmensa, y él también ha tenido la intención de impactar la política local, la política de Cartagena, la política del Caribe.

Siendo fiel al terruño, al mismo tiempo ha sido universalista, constituyéndose en un académico ideal y nunca ha sido parte formal de la academia, nunca ha sido profesor de tiempo completo. Ha dictado algunas clases, pero no más. Sí, la gente joven trata de escribir bien, trata de atraer a un público mayor, de ser crítica con la economía política o seguir un derrotero muy científico. Hay gente que está haciendo de todo, hay psicología experimental, hay muy buenos econometristas, hay gente que hace economía laboral. La profesión de economista se ha ido bifurcando en muchas especializaciones y eso de todas maneras hay que bien venirlo, y de vez en cuando un Hugo López, que es de la vieja guardia, de mi generación, economista laborista, saca un par de libros o sus ensayos tratando de tener el impacto académico y social más grande. Creo que los nuevos académicos, eventualmente, harán lo mismo, pero van a tener que reformular su lenguaje que es muy técnico.

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