Entrevista a Carmen Millán

Por Nicolás Morales, Director de la Editorial Pontificia Universidad Javeriana, y Daniela Márquez Torres, estudiante de Filosofía de la misma universidad.

“Pienso también que los investigadores debemos dar cuenta de lo que estamos haciendo, pienso que debemos publicar”

Carmen Millán es autora de múltiples ensayos y libros, ha trabajado en programas de radio especializados, fue profesora e investigadora de la Pontificia Universidad Javeriana y actualmente es la Directora del Instituto Caro y Cuervo. En esta entrevista nos cuenta sobre la edición universitaria hoy.

Nicolás Morales: me interesa que hablemos de edición universitaria. ¿Cómo ves el proyecto que se propone hoy desde las editoriales universitarias?

Carmen Millán: trabajé durante 17 años en la Universidad Javeriana con un proyecto exquisito, y fue el programa editorial del Instituto Pensar. Teníamos una forma colegiada de discutir lo que queríamos publicar, lo que íbamos a hacer y, además, con un comité editorial de lujo, usted bien lo sabe. Allá se evitó, a través de eso, que llegara cualquier persona y dijera “me tienen que hacer este libro”. No, tenía que pasar por un proceso juicioso que incluía el diálogo. Sí creo que ha habido un cambio en la edición universitaria y está relacionado con los paradigmas bibliométricos impuestos por Colciencias. A veces encontramos colegas que están pendientes de cuándo va a ser la siguiente convocatoria de medición de Colciencias y cuánto es el tiempo que una editorial se gasta para hacer la revisión de pares, para que el libro salga y sea visible en la medición. Entonces, en algunos casos, hay colegas que están más pendientes de la noticia de la publicación que del contenido de la publicación y a mí eso me produce profundo dolor, pues implica un compromiso ético muy duro. Creo que uno debe estar pendiente de lo que está pasando en su continente, en el mundo; tener un programa de traducción y de permisos y estar abierto a todo lo que compromete mover el pensamiento que se produce en el país. Por ejemplo, los libros que son compilaciones en algún momento dejaron de ser considerados libros “producto de investigación” por Colciencias; ese criterio fue acogido en algunas universidades. Ser editor de un libro no daba puntos en Colciencias, lo cual es absurdo y delata una confusión muy grande. Le voy a poner un ejemplo de martirologio personal: el libro Pensar (en) género. Teoría y práctica para nuevas cartografías del cuerpo, que fue editado hace muchos años (2004), supuso traducciones, permisos, reescrituras para quienes como Ángela María Estrada y yo enfrentamos ese compendio. ¿Qué pasaba?, que los artículos tampoco puntuaban porque, según Colciencias, no eran producto de un proceso de investigación. Eso era absolutamente descorazonador, pero no íbamos a dejar de publicarlo por eso. Y lo publicamos con mucho gusto: el libro, hasta donde yo tengo entendido, se agotó y fue un éxito. Ahora ya no saldría igual. Hay que tener en cuenta que han pasado muchos años y que en el mundo editorial académico de otras latitudes, para no decir de dónde, un libro académico tiene una vigencia de cinco años; a los cinco años, para acreditar o merecer una reedición, tiene que ser una edición revisada, y eso tiene un proceso muy bonito, con varios filtros para la revisión misma. A mí todos esos protocolos me parecen sanos, pero sí creo que ha habido una pérdida de norte en un sentido más general. Pienso también que los investigadores debemos dar cuenta de lo que estamos haciendo, pienso que debemos publicar.

NM: una cosa que siempre me gustó mucho, Carmelita, en tus años como editora en el Instituto Pensar de la Javeriana, es que eras una gran lectora de la edición universitaria norteamericana; es decir, estabas mirando todo el tiempo lo que sucedía en tu entorno.

CM: pues porque soy de asociaciones en donde yo me reúno con mis colegas. Yo estoy en LASA (Asociación de Estudios Latinoamericanos), estoy en MLA (Modern Language Association), yo estoy en mesas con colegas, y ellos me publican a mí también. Yo no me subordino, no soy subalterna de nadie, y los colegas de Pensar tampoco, como usted lo sabe. Nosotros invitábamos y nos invitaban. No nos arrodillábamos con la última cosa trendy que apareciera en cualquier parte. Es parte del ser profesional: estar al día con las cosas que están pasando y de los temas que se están generando. En ese sentido, yo creo profundamente en el colegaje y en las redes académicas, y las redes académicas relevantes para mí son MLA, LASA, la Asociación de Colombianistas. Esa es la forma de saber.

NM: pero, en ese sentido, ¿qué piensas de esa tendencia de las editoriales norteamericanas de comportarse como empresas, con una dimensión de catálogo mucho más amplia de lo que se tiene en Colombia? Lo pregunto en relación a esa discusión de porqué las editoriales universitarias latinoamericanas de cada universidad publican solo lo de sus académicos.

CM: en los Estados Unidos lo que pasa es que la edición académica está ligada con la opción de presentar el trabajo de una en una editorial que sea buena. Punto. Allá no hay Colciencias, pero sí es muy importante el prestigio de la editorial. Si usted quiere trabajar un tema y posicionarse en las ciencias sociales en determinada tendencia teórica, tiene que saber qué es Routledge. Usted les presenta su manuscrito a ellos y si se lo aceptan, fantástico. Esto no está ligado al paradigma biométrico de Colciencias, sino al proceso de contratación tan de los Estados Unidos, que es el famoso tenure track, donde usted a los tres años tiene que haber publicado un número de artículos en una revista de prestigio, indexada y demás. Al cabo de cinco años o lo que indique cada universidad, usted debe haber tenido un libro publicado en cada editorial de prestigio, y para eso hay una lista. Cuando usted abre un libro académico de estos (yo vivo fascinada por las páginas legales, esto es una perversión) y encuentra que el copyright dice “la versión preliminar del capítulo uno apareció en tal lugar”, “una versión ligeramente diferente apareció en tal revista”, entonces usted encuentra que la persona pasó por un proceso de tenure y que presentó su trabajo como debe ser; fue construyendo su libro mediante bloquecitos de Lego (no voy a decir “ladrillos,” porque así decía Guillermo Hoyos a los libros que no se podían leer), para ir llegando hacia el libro. Uno está en su tema, y lo va explorando por un lado y por otro, y luego ya tiene un libro. Entonces, la página legal le dice a uno en dónde fue publicando versiones preliminares; el testimonio también queda en los agradecimientos: “Agradezco a no sé quién que nos permitió publicar el capítulo tal”, y entonces usted va a ver y eso es casi un protocolo del que usted da cuenta: pide los permisos, reajusta, revisa lo que hace y ya tiene su libro. Esa es la forma en que se hace un libro académico, eso no es ni truco ni nada, es la forma como uno va trabajando, va puliendo y va organizando.

NM: en la edición universitaria colombiana he notado que hay una ausencia marcada de algo que sí existe en los Estados Unidos y es el rol de productor. Académicos que se imaginan libros e invitan, los arman, buscan traducciones, etc. Tú sabes de lo que hablo, pues hiciste decenas de libros en el Instituto Pensar de esa forma. Es un rol algo difícil de encontrar en Colombia.

CM: yo conozco unos trabajos muy bonitos en donde uno ve eso que usted señala como “producción”, que en el fondo es lo que se llama “el mundo editor”. Acá quizás tenemos la misma palabra para “editor” como quien publica en el oficio, en la editorial misma, pero, en otras partes, “editor” está, de hecho, en la pestaña de las formas de citación bibliográfica, pues el trabajo de editor es una tarea intelectual que debe ser reconocida. Yo sí creo que eso está creciendo; he visto publicaciones muy bellas de editoriales colegas en las que se nota la existencia de personas que están haciendo gestión. Hay una gestión que viene por doble vía: la primera se da cuando uno organiza congresos y todas estas personas que vienen del país y de fuera traen algo para mostrar; se debe aprovechar eso para hacer el libro, aprovechar eso que pasó. Además, Colciencias ya nos enseñó que, si dice “memorias”, ya no vale nada. Entonces no debe llamarse “memorias”, se debe llamar como el hecho intelectual que ocurrió en ese congreso, que además vale un montón de plata y un esfuerzo muy grande. Segundo, es importante estarse leyendo. Hay iniciativas muy bonitas, como las que tenían los colegas españoles de Pensar en Español, en lo cual estaban Guillermo Hoyos, Reyes Mate y todos ellos, pero Pensar en Español no era solo pensar en español, era leerse en español. Leerse en español implica leer a los colegas que están produciendo pensamiento en nuestra lengua, pero también traer al español y hacer que lo que está en español se vierta a otras lenguas para que nos lean. Entonces, pues, es importante estar en eso, y ¿cómo hace uno para estar ahí? Para eso están las redes académicas: usted va a MLA, usted va a los sitios donde es relevante ir y va a encontrar ferias de libros. Usted abre un catálogo de LASA y va a encontrar páginas y páginas de libros que salieron especialmente para la feria de LASA. Y ahora hay una iniciativa bellísima, que es hacer la feria del libro universitario en la UNAM, que va a darse este año, y yo quiero ver eso, quiero ver cómo va a ser.

NM: este año la Feria Internacional del Libro de Bogotá cumple 30 años. En ese contexto, y pensando en que usted es una muy buena lectora de ficción, ¿cómo ve las editoriales colombianas en esa perspectiva de 30 años para atrás a 30 años hoy, con catálogos mucho más grandes, pero también con los problemas estructurales y algunas enfermedades que usted ha indicado? Y, bueno, siendo la directora de un instituto [el Caro y Cuervo] que publica muchísimo y muy buenas cosas.

CM: pues le cuento que yo soy lectora de lo que se me da la gana (risas), ese es mi espacio privado y no me gusta estar pendiente de la lista de los más vendidos, porque he hecho lo que yo llamo “etnografías precarias”. Le he hecho etnografía a Libro al Viento, para saber cuáles eran los libros que nunca volvían al sistema y se los robaban, y entonces me di cuenta de que había una Bogotá gótica que se robaba Lovecraft y se robaba a Edgar Allan Poe, esos nunca volvían, y yo me sentí feliz de saber eso, de saber que había unos jóvenes lectores que estaban en eso. Pero el espacio de lectura de ficción es mío, es privado y no me gusta discutirlo con nadie, porque nunca estoy leyendo lo que está de moda, nunca. Estoy leyendo lo que quiero; si está de moda, de malas, pero me gusta, y no me guío por las listas de los más vendidos, ese es mi espacio privado. Claro, en otros roles me toca estar pendiente de qué salió, los autores nacionales y lo demás. Pero, la verdad, en estas décadas lo que más celebro son las editoriales independientes. Pasar en la Feria del Libro por el callejón de todas las editoriales independientes para mí es una quiebra horrible, porque hay que comprarlos todos, pero es una cosa maravillosa; para mí, es lo mejor que pasa en la Feria del Libro.

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